8 de diciembre: Día de la Inmaculada

Un sinfín de sentimientos brotados del corazón de nuestra ciudad, ornaron el día de su Canónica Patrona: la Purísima Concepción. Ontinyent, en sinfonía blanca y azul, se volcó con su Madre este sábado 8 de diciembre. La piropeó, le habló a gritos de alma, la besó con la mirada, la abrazó, la paseó y la apretujó, mientras su imagen, recién restaurada, mostraba toda su belleza y esplendor. El ritual de tan singular jornada inició su andadura con el tañer de la campana de la Purísima convocando a todos sus pobladores, a tributar su veneración y culto, fervor, ilusión y veneración conservada y legada por nuestros antepasados, protegida, conservada y difundida. Los cantos y las plegarias resonaron en calles y plazas, durante todas las horas, en honor de la Mujer que es el misterio de Dios, la fortaleza ante las dificultades, la que guarda, cuida y reserva los caminos de nuestra vida para que Jesús nazca en nosotros.


Como exponente de nuestra devoción de siglos, fueron celebradas las primeras vísperas solemnes y oficiada la solemne eucaristía presidida por el Sr. Vicario, Rvdo. D. Vicente Femenía, mientras el brioso cantar de las campanas predisponía a homenajear a sin mácula Virgen henchida con todo el favor de Dios. En una pleamar de amores y fervores se abrieron las puertas del plebano templo de Santa María, cuando aún no lucía la luz del alba, para asistir a la Misa de Descubrir, y así, sin renunciar de la fe nuestros mayores, renovar, actualizar y enriquecer nuestra fidelidad. El ara sagrada fue ocupada por el Rvdo. D. Juan José Portero, párroco de la parroquial del Purpurado de Milán. Sin tener límites ni fronteras, el amor de Ontinyent a su Celestial Madre se manifestó en los diferentes sacrificios incruentos de la cruz, que celebrados en diferentes horas, reunió a muchísimos fieles bajo la nove gótica del plebano templo. El reencuentro con las más profundas creencias, vistió la mañana con el traje de la devoción al Rosario de la Aurora, entre cuentas de esperanzas y sentimientos. La liturgia fue especialmente generosa con la figura de María, en la que se manifestó la emoción, el impulso, el sentimiento…, y la expresión de una fe tan sólida como sencilla, cuyo cénit fue la ceremonia pontifical presidida por el Excmo. y Rvdmo. Sr. D. Javier Salinas Viñals, Obispo auxiliar de Valencia, acompañado por todo el clero local y representación de la comunidad seráfica.


En el rito de incienso y fidelidad a la Inmaculada Concepción, de la que somos defensores y guardadores de su dogma, fue interpretada la “Missa Secunda Pontificalis” de Lorenzo Perosi por las voces del Nou Orfeó acompañadas de la Orquesta Sinfónica Caixa Ontinyent. Al igual que diferentes salmodias y composiciones de reconocidos compositores. La solemne ceremonia que se inició con el “Cantem germans, cantem”, antiguo himno a la Purísima compuesto en 1909, concluyó con la interpretación de su actual himno “Sobre el Clariano Señora” del Mtro. Rafael Marínez Valls y el Rvdo. D. Remigio Valls Galiana. A esta eucaristía asistió la Corporación Municipal encabezada por su primer edil, así como representaciones de diferentes cuerpos de seguridad, camareras, presidentes de asociaciones festivas y recreativas y la Junta de Fiestas de la Purísima. Tras la sacra función y el glorioso volteo de las campanas fue dispara una gran tronada, realizando la Banda Unión Artística Musical de Ontinyent un alegre pasacalle. Por la tarde y teniendo como marco, las calles con polvo de siglos, miles de almas aclamaron y veneraron la hermosa imagen de plata de nuestra Madre y Reina en su deambular por las principales vías, donde se fundieron los sentimientos más íntimos y únicos y a cuyas plantas fueron puestos el porvenir y las esperanzas. La procesión contó con la singular presencia de Monseñor Salinas. La primaveral climatología ayudó a dar esplendor a la jornada, a salir a la calle para presenciar la manifestación religiosa que como es costumbre fue preludiada por los diferentes bailes procesionales que hicieron las delicias de todos pero sobre todo de los más pequeños. La que fuera Villa Real vibró de emoción durante todas aquellas horas de repiques de campanas y corazones en espera, loó con dulzura infinita floreciendo una vez más la fe mariana.


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