8 de diciembre: Festividad de la Inmaculada Concepción Patrona Canónica de la Ciudad de Ontinyent

Repiques de campanas y estallidos de júbilo en el día de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María, en nuestra mariana ciudad de Ontinyent, donde fieles a la cita y como buenos herederos de la defensa de este dogma de la iglesia, nos congregamos en el templo mayor de Santa María de la Asunción, para ser partícipes de esta devotísima celebración en torno a nuestra Madre y Patrona, en el día más grande de nuestro patronal y entrañable festejo.


En la víspera de la magna celebración, la nave gótica con honda espiritualidad y profusión de flores y luces, presidida por la hermosa imagen de la Purísima, acogió las primeras vísperas solemnes y la celebración de la primera eucaristía de la festividad, reuniendo a decenas de fieles llegados desde diferentes puntos de la ciudad, para iniciar la jornada que desbordó con júbilo los corazones para loar y cantar las glorias de la llena de gracia concebida sin mancha alguna. Reviviendo la historia y la tradición, bajo el palio estrellado de la noche, el volteo glorioso de los bronces de nuestro altivo campanario, despertó a la ciudad y la invitó a participar en el esplendor de la fiesta tributada filialmente a la Purísima Concepción.


A lo largo de la mañana se sucedieron los ritos eucarísticos, iniciados con la Misa de Descubrir. El Rosario de la Aurora empapado de religiosidad, finalizó en nuestro plebano templo levantado por la fe y el amor, quien en simbiosis afectiva entre la ciudad y su patrona asistiría a la Solemne Misa Mayor presidida por el Excmo. y Rvdmo. Dr. D. Juan Piris Frígola, Obispo Emérito de Lleida, asistido por todo el clero local, comunidad franciscana y presbíteros hijos de la ciudad.


Un cúmulo de sensaciones y emociones, envueltos por las voces de las diferentes agrupaciones corales, ayudaron a vivir una intensa jornada de culto y devoción hacia la Excelsa Madre, concluyente con la procesión que, recorriendo calles y plazas, recogió las oraciones y plegarias de todos aquellos que, buscando su consuelo, aguardaron su paso.


Las intensas horas vividas con gran solemnidad, piedad, respeto y devoción tuvieron su epílogo con el disparo de un cromático castillo de fuegos de artificio.


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