FELIÇ I SANT NADAL



Els darrers dies de desembre celebrarem la Litúrgia de Nadal amb la Santa Missa de la Nit de Nadal i la Santa Missa del Dia de Nadal. El temple parroquial de Santa María s'omplia de goig, misteri i devoció pel naixement de Crist Nostre Senyor. Ell que sent Déu mateix es va fer home per redimir-nos del pecat i portar-nos la salvació. Des d'eixe instant de Betlem els fidels podem unir-nos a ell i tenir la vida divina que ens salva. La Parroquia de Santa María vos desitja un Bon Nadal i un Feliç Any de Nostre Senyor de 2024.


Santo Tomas escribe sobre el misterio de Navidad: En este nacimiento divino “no hubo ninguna disminución de la integridad de la madre, sino la mayor alegría, porque nacía a la luz del mundo el Hombre-Dios” (Suma Teológica).





Detengámonos un momento para contemplar esta alegría sin limites de la Virgen Santísima, a la que alude Santo Tomas.


Es el momento sublime en el que su mirada celestial se posa por primera vez en las adoradas semblanzas del Divino Infante y sus manos inmaculadas lo llevan al corazón y al primer beso de sus maternales labios. Algunos santos tuvieron el rarísimo privilegio de gozar por algunos instantes del abrazo del Niño Jesús, aparecido milagrosamente entre sus brazos, y fueron arrebatados de manera inefable porque, las semblanzas del Niño Jesús, son las más conmovedoras y tiernas de Dios.


Mientras aquellas eran apariencia, ésta era realidad. El santo anciano Simeón tuvo el privilegio mayor de estrechar al Niño entre sus brazos, justamente en su realidad, y prorrumpió en la exultación de su cántico: “Nunc dimittis ... servum tuum in pace”. Santa Isabel se alegró al acercarse María llevando consigo a Jesús escondido.


Todos ellos eran corazones de santos; éste, en cambio, ¡era el Corazón Inmaculado de la Reina de los Santos! Ella tenía para Jesús, no sólo la divina caridad incitada por el Divino Señor, como los santos, sino también una desbordante ternura maternal hacia Él, inmensamente mayor que la toda la ternura de madre, cuanto más sensible era su Inmaculado Corazón y más amable su Hijo; Ella tenía pálpitos dulcísimos de hija para su Dios y pálpitos tiernísimos de madre para su Jesús.


Jesús era su tesoro porque nacido de Ella, era suyo de modo muy especial e inimitable, porque Él no tenía padre natural terreno; y era su tesoro, de un valor verdaderamente infinito, porque fue concebido por el Espíritu Santo y, en consecuencia, era obra maestra de Dios; más bien Hombre – Dios.


Y si las alegrías santas del Señor son mucho más profundas cuánto más estén preparadas en el recogimiento, en la meditación y en la oración, ¡cuánto debían serlo en María, que se había preparado para aquel momento durante nueve meses de íntimo recogimiento e inefable unión con Jesús vivo en Ella!


A la alegría, sin embargo, se unió, inmediatamente, el más tormentoso dolor.


Era el frío de la noche que lo punzaba, eran la oscuridad de la gruta, las repugnantes emanaciones del establo, la suciedad de las paredes, el resuello de los animales, aquel montón de paja preparada en el pesebre que lo acogían, mientras todo el esplendor del universo, recogido en un solo palacio, no hubiera sido digno de Él.


La ausencia, en la Virgen Santísima, de cualquier dolor físico al dar a luz a Jesús, fue ampliamente compensada con el intenso dolor moral. Así, el júbilo se unió al dolor desgarrado: eran una alegría y un suplicio de amor. Era un amor que se encendía cada vez más delante de las supremas humillaciones en las que Ella veía inmerso a Jesús por nuestro bien, porque cuanto más profundas son las humillaciones de Dios, más obligan a amarlo.


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